Vivimos más años, tenemos más acceso a educación, salud, tecnología y oportunidades que cualquier generación anterior. Sin embargo, cada vez hablamos más de soledad, polarización, pérdida de confianza y debilitamiento de los vínculos comunitarios. ¿Es posible que hayamos avanzado enormemente en bienestar material mientras perdíamos parte de aquello que nos hace sentir acompañados, protegidos y parte de algo? Este artículo explora, desde la evidencia científica y la neurosociología, una paradoja decisiva de nuestro tiempo: cómo construir una sociedad más libre, moderna y próspera sin sacrificar la cohesión social y el sentido de pertenencia que también sostienen el bienestar humano.
La respuesta, como veremos, no parece estar en regresar al pasado ni en profundizar indefinidamente el individualismo. El desafío es mucho más interesante: aprender a combinar autonomía e interdependencia.
Hemos progresado, pero nuestra idea de progreso es incompleta
Si observamos la historia en perspectiva, resulta difícil negar que la humanidad ha mejorado en numerosas dimensiones objetivas del bienestar. Desde las primeras sociedades agrícolas de la Edad del Bronce y la Edad del Hierro hasta la revolución científica, la industrialización y la actual revolución digital, hemos ampliado extraordinariamente nuestra capacidad para producir alimentos, controlar enfermedades, transmitir conocimiento y modificar nuestro entorno.
La Organización Mundial de la Salud señala que entre 2000 y 2023 las muertes de menores de cinco años disminuyeron en más de la mitad y las muertes maternas en más del 40 %, aunque también advierte que el ritmo del progreso sanitario mundial se está desacelerando (World Health Organization [WHO], 2025). Vivimos, además, en sociedades donde un número creciente de personas puede estudiar, escoger profesión, decidir con quién relacionarse, abandonar comunidades restrictivas y construir proyectos de vida que en otras épocas habrían estado determinados casi completamente por su origen, género, familia o posición social.
Son avances extraordinarios. Sin embargo, existe un problema conceptual: durante mucho tiempo hemos tratado el bienestar como si pudiera explicarse fundamentalmente mediante condiciones individuales y materiales.
- Ingresos.
- Empleo.
- Salud.
- Vivienda.
- Educación.
- Seguridad.
- Satisfacción personal.
Todos son esenciales. Pero falta una pregunta: ¿con quién vivimos todo eso? Porque una persona puede tener vivienda, empleo, tecnología, educación y autonomía y, aun así, experimentar una profunda sensación de aislamiento, desconfianza o falta de pertenencia. La ciencia contemporánea está mostrando que esa dimensión relacional no es secundaria.

El ser humano no está diseñado para vivir como una unidad aislada
La neurociencia social ha demostrado durante las últimas décadas que nuestro funcionamiento psicológico no puede entenderse adecuadamente si se separa al individuo de sus relaciones.
La neurosociología intenta llevar esta idea todavía más lejos, conectando procesos neurobiológicos, experiencias individuales, vínculos sociales y estructuras culturales. Su valor está precisamente en recordarnos que una sociedad no está compuesta simplemente por millones de cerebros independientes: está constituida por personas cuyos sistemas emocionales, cognitivos y conductuales se desarrollan dentro de redes de relaciones (TenHouten et al., 2023).
Una propuesta particularmente relevante es la Social Baseline Theory, desarrollada por James Coan y David Sbarra. Según esta teoría, el cerebro humano parece operar bajo la expectativa de que otras personas estarán disponibles para compartir riesgos, esfuerzos y recursos. La presencia de vínculos confiables puede modificar la manera en que evaluamos las demandas del entorno (Coan & Sbarra, 2015).
La idea es poderosa porque cambia nuestra forma de entender la independencia. Desde esta perspectiva, necesitar a los demás no constituye una deficiencia psicológica. Constituye parte de nuestra adaptación como especie. Pensemos en dos personas que enfrentan exactamente el mismo problema.
Una piensa: “Tengo a quién llamar si algo ocurre”.
La otra piensa: “Si algo sale mal, estoy completamente sola”.
El acontecimiento externo puede ser idéntico. La experiencia psicológica no lo es.
Por eso el apoyo social no debería entenderse simplemente como algo agradable que mejora nuestra calidad de vida. Puede funcionar como un recurso que influye en nuestra percepción de seguridad, riesgo y capacidad para afrontar situaciones difíciles.
La evidencia es clara: nuestros vínculos están relacionados con nuestra salud
Uno de los meta-análisis más importantes sobre relaciones sociales y mortalidad analizó 148 estudios y encontró una asociación significativa entre relaciones sociales más sólidas y mayor supervivencia (Holt-Lunstad et al., 2010). Posteriormente, Holt-Lunstad et al. (2015) encontraron que tanto el aislamiento social como la soledad estaban asociados con un mayor riesgo de mortalidad prematura. Esto no significa que la soledad produzca automáticamente enfermedad ni que las relaciones sociales funcionen como un medicamento. Las relaciones entre variables sociales y salud son complejas y están mediadas por múltiples factores.
Pero la consistencia de la evidencia ha sido suficiente para que organismos internacionales hayan comenzado a incorporar explícitamente la conexión social dentro del análisis del bienestar. En 2025, la Comisión sobre Conexión Social de la Organización Mundial de la Salud estimó que aproximadamente una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad y señaló que la conexión social debe considerarse una dimensión relevante de la salud y del bienestar (WHO, 2025).
La OCDE también ha comenzado a estudiar de manera sistemática las conexiones sociales, la soledad, el apoyo social y la satisfacción con las relaciones como componentes del bienestar (Organisation for Economic Co-operation and Development [OECD], 2025).
La conclusión empieza a ser difícil de ignorar: una sociedad puede ser económicamente avanzada y socialmente pobre.
La paradoja moderna: conquistamos autonomía, pero debilitamos algunas formas de pertenencia
Durante siglos, las comunidades tradicionales proporcionaron identidad y pertenencia. La familia extensa, la comunidad religiosa, el oficio, el vecindario, el pueblo o la clase social indicaban a las personas quiénes eran, qué se esperaba de ellas y dónde se encontraba su lugar. Pero esa cohesión tenía un precio elevado. Podía significar subordinación de las mujeres, discriminación de minorías, obligación religiosa, ausencia de movilidad social, rechazo de formas diferentes de vida y enorme presión para adaptarse al grupo.
Por eso sería un error idealizar el pasado. La modernidad realizó una conquista extraordinaria: separó progresivamente la pertenencia de la obligación.
Permitió decir: “Puedo elegir quién quiero ser”.
El problema aparece cuando esa conquista evoluciona hacia otra idea: “Debo construir completamente sola quién soy, cómo vivo y cómo enfrento mis dificultades”.
Ahí la autonomía puede convertirse en aislamiento. La libertad puede permanecer intacta y, sin embargo, disminuir la sensación de respaldo. Por eso el debate contemporáneo no debería reducirse a escoger entre individualismo y comunidad.
Necesitamos una tercera posibilidad: pertenecer sin estar sometidos.
Cohesión social no significa pensar todos igual
Aquí aparece un concepto fundamental: la cohesión social. La literatura científica no ofrece una única definición universal, pero convergen varios elementos: confianza, relaciones sociales, pertenencia, reciprocidad, participación y percepción de compartir algún vínculo con los demás. Fowler Davis y Davies (2025), en una revisión sobre cohesión social y bienestar, destacan la importancia de la confianza, la pertenencia, los recursos comunitarios y la resiliencia. Pero la cohesión tiene una característica ambivalente que resulta crucial comprender.
Puede ser inclusiva o excluyente. Una comunidad puede estar extraordinariamente unida y, al mismo tiempo, ser hostil hacia quienes considera diferentes. Por eso una sociedad cohesionada no necesariamente es una sociedad justa. La diferencia podría expresarse así:
Cohesión excluyente: “Perteneces si eres como nosotros”.
Cohesión inclusiva: “Perteneces aunque seas diferente”.
Esta distinción probablemente sea una de las claves para construir sociedades futuras capaces de combinar bienestar y libertad. No necesitamos recuperar comunidades que controlen a las personas. Necesitamos comunidades suficientemente fuertes para sostenerlas y suficientemente abiertas para permitirles ser diferentes.
Entonces, ¿por qué existe tanta nostalgia por el pasado?
En numerosos debates contemporáneos aparece una idea recurrente:
- “Antes existían valores”.
- “Antes había más respeto”.
- “Antes las familias permanecían juntas”.
- “Antes existía comunidad”.
Una parte de estas afirmaciones idealiza épocas que fueron considerablemente más difíciles y desiguales que la actualidad. Sin embargo, descartarlas completamente sería también un error. El World Social Report 2025 de Naciones Unidas identifica inseguridad económica, desigualdad, disminución de la confianza y fragmentación social como amenazas importantes para el progreso social (United Nations, 2025). Desde una perspectiva neurosociológica, es posible plantear una hipótesis interesante. Tal vez una parte de la nostalgia por el pasado no sea realmente nostalgia por las condiciones económicas, jurídicas o sociales de 1900. Puede ser nostalgia por algo mucho más elemental: pertenencia.
Ser reconocido. Sentir que alguien espera nuestra llegada. Conocer a nuestros vecinos. Compartir rituales. Tener referentes comunes. Confiar en determinadas instituciones. Sentir que nuestra existencia está relacionada con algo mayor que nosotros mismos. Esta interpretación no convierte automáticamente los movimientos nostálgicos en respuestas adecuadas. Pero permite comprender mejor por qué determinados discursos políticos y culturales poseen tanta capacidad de movilización. Pueden estar respondiendo a una necesidad real con una solución equivocada.
El peligro: reconstruir comunidad mediante enemigos
La pertenencia puede construirse de dos formas muy diferentes.
Podemos decir: “Estamos juntos porque cooperamos”.
O podemos decir: “Estamos juntos porque ellos representan una amenaza”.
La segunda fórmula puede producir cohesión extraordinariamente rápida. Cuando las personas experimentan inseguridad, pérdida de confianza o ausencia de pertenencia, una identidad política, religiosa, nacional o cultural intensamente polarizada puede ofrecer algo psicológicamente atractivo:
- un grupo;
- una explicación;
- un enemigo;
- un propósito;
- una sensación de certeza.
Por eso la fragmentación social puede convertirse en un problema político. No porque las personas necesiten inevitablemente autoritarismo, sino porque si las sociedades democráticas no producen pertenencia, otros proyectos pueden ofrecerla mediante exclusión. Este es uno de los grandes desafíos de nuestra época.
La solución no es regresar al pasado
Frente a este problema existen dos respuestas extremas.
La primera sería restaurar estructuras tradicionales: roles rígidos, comunidades homogéneas, jerarquías y formas obligatorias de pertenencia. Eso recuperaría algunos elementos de cohesión, pero sacrificando conquistas fundamentales de libertad y derechos.
La segunda sería profundizar el individualismo:
- más autonomía;
- más personalización;
- más autosuficiencia;
- más consumo individual;
- más relaciones mediadas exclusivamente por tecnología.
Tampoco parece suficiente.
La alternativa más prometedora consiste en crear formas modernas de interdependencia voluntaria. Es decir:
personas libres que deciden vincularse;
- comunidades abiertas que generan pertenencia;
- instituciones que promueven cooperación;
- familias que brindan apoyo sin imponer destinos;
- barrios donde existen espacios para encontrarse;
- organizaciones donde las personas no son tratadas únicamente como unidades productivas.
Cinco principios para una sociedad moderna con cohesión social
Si queremos cumplir la promesa de construir una sociedad libre y próspera sin sacrificar pertenencia, necesitamos convertir la evidencia en decisiones.
1. Diseñar espacios donde las personas puedan encontrarse
Las relaciones sociales no aparecen únicamente porque existan buenas intenciones.
- Necesitan infraestructura.
- Parques.
- Bibliotecas.
- Centros comunitarios.
- Escenarios deportivos.
- Actividades culturales.
- Espacios de encuentro en organizaciones.
- Calles caminables.
- Eventos colectivos.
La OCDE ha destacado precisamente que determinadas condiciones estructurales y políticas públicas pueden favorecer las conexiones sociales (OECD, 2025). Una plaza pública, una biblioteca o una actividad comunitaria pueden parecer inversiones menores frente a grandes proyectos de infraestructura. Pero también construyen infraestructura: Infraestructura social.
2. Recuperar rituales colectivos sin imponer uniformidad
Todas las sociedades han utilizado rituales para construir pertenencia.
- Compartir alimentos.
- Celebrar.
- Cantar.
- Practicar deportes.
- Realizar actividades comunitarias.
- Reconocer logros.
- Conmemorar acontecimientos.
- Encontrarse regularmente.
El World Happiness Report 2025 destaca, entre otros aspectos, la relación entre compartir comidas, apoyo social, reciprocidad y bienestar (Helliwell et al., 2025). La modernidad no necesita eliminar los rituales. Necesita hacerlos más inclusivos.
3. Fortalecer vínculos intergeneracionales
Una sociedad segmentada por edades pierde oportunidades extraordinarias de intercambio.
- Niños con niños.
- Jóvenes con jóvenes.
- Adultos trabajando con adultos.
- Personas mayores relacionándose principalmente con personas mayores.
Cuando las generaciones dejan de encontrarse, disminuyen las posibilidades de transmitir memoria, experiencia, innovación y cuidado. Crear espacios intergeneracionales podría convertirse en uno de los grandes instrumentos de cohesión social del futuro.
4. Construir instituciones dignas de confianza
La cohesión no depende exclusivamente de las relaciones personales. También necesitamos confiar en sistemas colectivos.
- Escuelas.
- Empresas.
- Gobiernos.
- Justicia.
- Organizaciones sociales.
- Servicios públicos.
Cuando las personas perciben arbitrariedad, corrupción, exclusión o incapacidad institucional, la confianza disminuye. Y cuando disminuye la confianza, cooperar resulta más difícil. Por eso la calidad institucional no es únicamente un problema administrativo. También es un componente del bienestar social.
5. Medir el bienestar relacional
Aquí las políticas públicas tienen todavía un enorme espacio de desarrollo. Medimos:
Ingreso.
- Empleo.
- Pobreza.
- Cobertura educativa.
- Morbilidad.
- Satisfacción.
Pero con menor frecuencia medimos sistemáticamente:
- pertenencia;
- apoyo social;
- soledad;
- confianza interpersonal;
- confianza institucional;
- reciprocidad;
- participación comunitaria;
- calidad de las relaciones;
- vínculos intergeneracionales;
- capacidad para pedir ayuda;
- sensación de ser reconocido por otros.
Si no medimos estas dimensiones, corremos el riesgo de declarar exitosa una sociedad que prospera económicamente mientras se fragmenta socialmente.
También debemos repensar el bienestar laboral
Esta discusión no termina en las comunidades. También afecta profundamente al trabajo. Durante gran parte de la vida adulta pasamos una proporción importante de nuestro tiempo en organizaciones. Por eso el trabajo puede funcionar como espacio de conexión o como fuente de aislamiento. Las políticas de bienestar laboral suelen concentrarse en actividades, beneficios o intervenciones individuales. Pero una perspectiva relacional plantearía otras preguntas:
- ¿las personas sienten que pertenecen?
- ¿confían en sus equipos?
- ¿pueden pedir ayuda?
- ¿existe cooperación?
- ¿hay reconocimiento?
- ¿existen vínculos entre generaciones?
- ¿las personas sienten que su trabajo contribuye a un propósito compartido?
- ¿las organizaciones generan comunidad o simplemente coordinan individuos?
Estas preguntas podrían modificar significativamente la manera de diseñar estrategias de bienestar.
El futuro del bienestar será relacional
Durante siglos asociamos el progreso con nuestra capacidad para dominar el entorno.
- Producir más.
- Vivir más.
- Transportarnos más rápido.
- Transmitir información instantáneamente.
- Automatizar tareas.
- Curar enfermedades.
Todas esas conquistas siguen siendo extraordinariamente importantes. Pero tal vez el siguiente salto civilizatorio sea diferente. Podría consistir en aprender cómo vivir juntos sin renunciar a nuestra individualidad. La sociedad más avanzada no sería entonces aquella donde cada persona puede resolver todo por sí misma. Sería aquella donde las personas tengan suficiente autonomía para escoger sus vidas y suficientes vínculos para no tener que enfrentarlas solas.
No necesitamos regresar a sociedades donde la comunidad determinaba quién podíamos ser. Tampoco necesitamos avanzar hacia sociedades donde la autonomía signifique que nadie necesita a nadie. Necesitamos algo más difícil y, probablemente, más humano:
- autonomía con pertenencia.
- libertad con reciprocidad.
- diversidad con cohesión.
- progreso con comunidad.
Una nueva definición de sociedad avanzada
Quizá entonces podamos responder de otra manera a la pregunta que inició esta reflexión. ¿La humanidad seguirá avanzando hacia mayores niveles de bienestar o estamos comenzando a retroceder?
El futuro dependerá en parte de qué entendamos por progreso. Si progreso significa solamente tecnología, productividad y capacidad de consumo, probablemente seguiremos avanzando.
Si significa bienestar humano integral, tendremos que aprender a proteger algo que ninguna tecnología puede producir automáticamente: la experiencia de saber que pertenecemos, que podemos confiar en otros y que nuestra vida está conectada con otras vidas.
El desafío de las próximas décadas no será escoger entre modernidad y tradición. Será construir una sociedad capaz de conservar las mejores conquistas de ambas: la libertad que nos permite elegir quiénes queremos ser y la comunidad que nos recuerda que no necesitamos hacerlo solos. Tal vez esa sea una definición más exigente —y más humana— de progreso.
Referencias
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