El estilo educativo de los adultos tiene un impacto profundo y a menudo subestimado en el desarrollo moral y emocional de los niños. Desde las aulas, los docentes no solo enseñan conocimientos académicos, sino también valores que moldean la percepción del mundo en los más pequeños. Pero, ¿qué sucede cuando esas enseñanzas están cargadas de mensajes de miedo y castigo? En este artículo, exploraremos cómo el estilo educativo autoritario puede influir negativamente en la mente de los niños y qué podemos hacer como adultos para guiarlos hacia un desarrollo más saludable y compasivo. Acompáñanos a descubrir cómo construir un entorno educativo que fomente la empatía, la libertad y una sólida escala de valores.
Tomando como referencia una historia real, en este articulo analizaremos el impacto que tiene el estilo educativo de los adultos en el desarrollo moral de los niños en edad escolar.

Hace poco conocí la historia de una profesora de segundo de primaria que, un día en clase, decidió contar una lección bastante particular a sus alumnos, un grupo de niños de siete y ocho años. Con un tono serio y persuasivo, comenzó su relato:
“La Semana Santa es un tiempo para orar y reflexionar sobre el sufrimiento de Jesús, pero muchas familias la han convertido en una semana de vacaciones. El año pasado, una niña del colegio se fue de paseo con su familia a un popular centro recreativo cerca de Bogotá. El Viernes Santo, día en que se recuerda la crucifixión de Jesús, en lugar de orar, decidió divertirse en la piscina. Como castigo, Dios la hizo ahogarse. Así que, niños, les recomiendo que dediquen este tiempo a rezar y se abstengan de pasear para evitar la ira de Dios.”
Cuando la niña que escuchó esta historia me la relató, sus ojos reflejaban miedo. Ya no quería salir de casa en Semana Santa ni ir a la piscina; solo quería conocer la historia de Jesús y evitar cualquier posible castigo divino. Temía que algo malo le sucediera a ella o a su familia si no obedecía las advertencias de su maestra.
Esta historia y el impacto que tuvo en la pequeña despertaron mi curiosidad, por lo que decidí preguntarle cómo era su profesora en clase.
La niña la describió como una maestra muy estricta, el tipo de docente que no permite a los alumnos avanzar por cuenta propia, que castiga los errores con bajas calificaciones y que descalifica públicamente a quien se atreve a opinar diferente o a defender a un compañero que está siendo atacado. Su prioridad es cumplir con las actividades en los tiempos previstos y mantener el orden y la disciplina a toda costa.
La historia y la descripción del comportamiento de la docente en clase revelan un estilo autoritario cuyos patrones de pensamiento pueden impactar negativamente a los niños bajo su cuidado. El Dios que la profesora presenta a sus alumnos es vengativo, capaz de castigar severamente a quien no cumpla con las tradiciones, incluso con la pérdida de la vida, como en el relato que compartió.
Este tipo de enseñanzas pueden tener efectos devastadores en la mente de un niño. Según investigaciones recientes en neuropsicología, los mensajes de miedo y castigo activan el sistema límbico del cerebro, especialmente la amígdala, responsable de las respuestas emocionales y del manejo del estrés. Los niños expuestos repetidamente a mensajes de miedo pueden desarrollar una visión del mundo basada en la ansiedad y el temor, lo que les dificulta tomar decisiones autónomas y los predispone a desarrollar trastornos de ansiedad, depresivos y obsesivos.
Cómo el Estilo Educativo Autoritario Afecta a los Niños
La neuropsicología ha evidenciado que los estilos educativos autoritarios, caracterizados por un control estricto, castigos constantes y la falta de apoyo emocional, pueden afectar negativamente el desarrollo infantil. Este enfoque no solo inhibe la creatividad y la autonomía del niño, sino que también fomenta un código moral rígido basado en la obediencia ciega y el miedo al error. Los niños educados bajo este estilo tienden a desarrollar una baja autoestima, una visión polarizada de la moralidad y dificultades para manejar conflictos de forma saludable.
Las investigaciones también señalan que los estilos educativos autoritarios activan de manera desproporcionada los circuitos de estrés en el cerebro infantil, lo que puede afectar el desarrollo del córtex prefrontal, responsable de funciones ejecutivas como la toma de decisiones, la planificación y el control emocional. Estos niños a menudo presentan problemas para regular sus emociones, tienden a ser perfeccionistas o excesivamente autocríticos y pueden experimentar dificultades para relacionarse de manera empática con los demás.
Cómo Guiar a los Niños hacia un Desarrollo Más Saludable y Compasivo
Para contrarrestar estos efectos, es esencial que como adultos, adoptemos un estilo educativo que promueva el desarrollo emocional saludable y la empatía. En lugar de controlar el comportamiento de los niños mediante el miedo, debemos guiarlos hacia una comprensión más profunda de sus acciones y sus consecuencias. Esto implica fomentar un ambiente donde se valore el diálogo, el respeto mutuo y la libertad para expresar ideas y emociones sin temor a ser castigados.
Las investigaciones de los últimos años destacan la importancia del estilo educativo democrático, donde se combina el establecimiento de límites claros con el apoyo emocional y la comprensión. Los niños necesitan un entorno que les permita explorar, equivocarse y aprender de sus errores de manera constructiva. En lugar de enseñarles a temer, debemos alentarlos a ser curiosos, críticos y compasivos.
Construir un Entorno Educativo que Fomente la Empatía y la Libertad
Para construir un entorno educativo que fomente la empatía y una escala de valores sólida, es vital integrar prácticas educativas que promuevan la reflexión, el trabajo en equipo y el aprendizaje basado en el respeto. Los adultos deben modelar comportamientos positivos, mostrando gratitud, bondad y compasión en sus interacciones diarias. Los niños aprenden no solo de lo que se les enseña, sino también de lo que observan en sus figuras de autoridad.
Además, es crucial proporcionar a los niños una narrativa coherente y positiva sobre la vida, que incluya la aceptación de la diversidad, la importancia de la introspección y el valor de la cooperación. Permitirles expresar sus miedos, dudas y aspiraciones en un ambiente seguro y de apoyo les ayudará a desarrollar una personalidad más equilibrada y resiliente.
En resumen, nuestro papel como educadores y cuidadores no es controlar, sino guiar; no es castigar, sino enseñar. Al fomentar un entorno educativo que valore la empatía y la libertad, estaremos construyendo no solo mejores individuos, sino también una sociedad más justa y compasiva.
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