En este artículo, analizaremos el contexto social en el que las personas buenas pueden llegar a realizar acciones negativas contra grupos sociales que consideran diferentes.
La violencia de masas ha escrito capítulos oscuros en la historia de la humanidad. Hechos históricos como el linchamiento de once ítalo-americanos en Nueva Orleans en 1891, el Holocausto nazi, la masacre de las bananeras en Colombia, la violencia de las barras bravas en Latinoamérica, o la violación de una mujer por parte de cinco hombres en España en 2018 son algunos ejemplos.

Los seres humanos somos sociales por naturaleza, con una tendencia a clasificar y agrupar. Queremos sentir que pertenecemos y buscamos grupos cuyas ideologías coincidan con las nuestras. Una vez que formamos parte de un colectivo, a menudo actuamos inconscientemente en masa, llegando a utilizar la violencia para lograr objetivos políticos, económicos o sociales comunes, sin considerar las consecuencias. Así surgieron en Colombia las guerrillas, los grupos paramilitares y los casos de ‘falsos positivos’.
Los grupos tienen un funcionamiento mucho más primitivo e irracional que una persona en solitario. Bajo la influencia de las masas, los individuos pierden su identidad y se ‘desindividualizan’; el anonimato les genera una sensación de impunidad, lo que les permite ignorar sus valores morales y perder su capacidad de análisis y raciocinio. Estos cambios les permiten hacer cosas que jamás harían estando solos; se integran en una pasión colectiva que les hace sentir, pensar y actuar de un modo que no ocurriría en otro contexto.
Formar parte de un colectivo implica querer diferenciarse de otros. Las masas se mantienen unidas gracias a una identidad y creencias compartidas que fomentan estereotipos, estigmas y prejuicios hacia quienes no pertenecen a su grupo. Esta cultura dificulta la aceptación y el respeto por la diversidad, impulsando el deseo de excluir, oprimir o rechazar a quienes no encajan en su visión del mundo. El colectivo se sostiene gracias a líderes que seducen a las masas mediante acusaciones o afirmaciones contra el grupo opuesto, las cuales son repetidas constantemente, exageradas y no verificables. Sus discursos evocan emociones en el colectivo y se repiten tantas veces que se convierten en verdades para sus seguidores.
La injusticia y la discriminación sistemática deterioran las relaciones interpersonales y generan hechos violentos a través de mecanismos de defensa, represión o humillación, los cuales afectan el bienestar y profundizan las brechas sociales. La violencia colectiva tiene un carácter epidemiológico, y las sociedades con mayor riesgo son aquellas que poseen normas que fomentan la violencia y cuyas políticas sanitarias, económicas, educativas y sociales perpetúan las desigualdades económicas.

Para prevenir la violencia en la sociedad, es fundamental abordar las raíces profundas que fomentan la desindividualización y el comportamiento irracional en masa. Fomentar una cultura de inclusión y respeto por la diversidad puede contrarrestar la tendencia a clasificar y estigmatizar a quienes son diferentes. Esto se logra promoviendo la empatía, la educación y el entendimiento mutuo desde una edad temprana, alentando a los individuos a cuestionar estereotipos y a valorar las diferencias.
Además, las políticas públicas deben centrarse en reducir las desigualdades económicas y sociales, proporcionando igualdad de oportunidades para todos. Esto incluye el fortalecimiento de sistemas educativos que promuevan el pensamiento crítico y la resolución pacífica de conflictos, así como la implementación de políticas de justicia social que aborden las injusticias sistémicas.
Finalmente, es esencial que los líderes asuman la responsabilidad de fomentar un discurso constructivo y verificable, evitando retóricas divisivas que puedan alimentar el odio y la violencia. Al crear una sociedad que valore la compasión y la equidad, podemos trabajar juntos para construir un futuro más pacífico y justo para todos.
Referencias Bibliográficas
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