¿De dónde viene nuestra idea de lo que está bien y lo que está mal? ¿Nacemos con un “brújula moral” grabada en el cerebro o la vamos construyendo con cada experiencia, palabra y ejemplo que recibimos? En este artículo te invito a recorrer, de la mano de la neurociencia y la psicología, las raíces biológicas de la moralidad y el papel que juegan la familia, la escuela y la sociedad en el desarrollo de los valores. Descubrirás por qué incluso los bebés muestran preferencias morales, cómo el cerebro sigue madurando hasta la adultez y de qué manera el estilo de crianza y la educación en valores pueden marcar la diferencia entre una vida gobernada por el egoísmo o una vida plena, ética y en armonía con los demás.
Los valores morales orientan la conducta humana y, a partir de ellos, tomamos decisiones sobre cómo actuar frente a las distintas situaciones de la vida. En este artículo buscamos responder a un interrogante central sobre nuestra naturaleza: ¿la conducta moral es innata o aprendida? ¿Tiene una base biológica o es únicamente producto del aprendizaje?

La neurociencia cuenta hoy con suficiente evidencia para afirmar que las capacidades morales son innatas y universales. Constituyen el resultado de la adaptación natural de nuestra especie, tienen un fundamento biológico y dependen, en gran medida, de la estructura cerebral de cada individuo. La moralidad es, por tanto, una forma de adaptación evolutiva desarrollada en distintas áreas del cerebro, característica de las especies sociales.
Los hallazgos indican que comportamientos como ayudar o dañar son universales morales y están presentes desde el comienzo de la vida. Los bebés tienen un sistema moral perceptivo innato que los orienta a tener actitudes negativas hacia quienes dañan y actitudes positivas hacia quienes ayudan. Este sistema se va complejizando en cada persona desde la infancia hasta la tercera década de la vida, gracias al desarrollo gradual de la corteza prefrontal del cerebro, área implicada en el control de la impulsividad, el juicio, la evaluación de las acciones y la conducta moral.
La conducta moral regula nuestra tendencia asocial y egoísta. Nos permite evaluar los efectos que nuestro comportamiento tiene en los demás, en la sociedad y en el medio ambiente en general. Se basa en una escala de valores que guía la toma de decisiones de cada persona y está estrechamente relacionada con su aprendizaje previo y su sistema de creencias.

Nuestra conducta moral está motivada y gobernada por mecanismos de autorregulación que ejercen control e inhiben comportamientos reprochables. Los hallazgos de la neurociencia destacan la importancia de la educación en valores durante la infancia y la adolescencia, y la incapacidad de los jóvenes menores de 21 años para anticipar las consecuencias de sus acciones, ya que su cerebro no ha alcanzado el desarrollo suficiente para permitirles autocontrolarse y alejarse de situaciones de riesgo.
Un modelo parental democrático, caracterizado por la constante orientación y comunicación entre padres e hijos y una adecuada educación en ética y valores, se convierte en la principal estrategia de prevención y solución de problemas de conducta originados por ambientes sociales adversos. Por el contrario, la carencia de un sistema de valores bien definido, sentido y aceptado dejará a la persona en una indefinición y vacío existencial que la hará vulnerable a las influencias de otras personas o de sus propios instintos egoístas.
En conclusión, la conducta moral es una característica humana innata que debe ser reforzada a través de la educación. Todos los padres deseamos la felicidad para nuestros hijos, y son los valores que les enseñamos los que les ayudarán a despejar las principales interrogantes de la existencia: quiénes son y qué medios los pueden conducir al logro de sus sueños. De los valores depende que lleven una vida grata, alegre y en armonía consigo mismos y con los demás, una vida que valga la pena ser vivida y en la que podamos desarrollarnos plenamente como personas y como especie.
Referencias bibliográficas
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